jueves, 11 de noviembre de 2010

Rafael Correa informó al Fiscal de su vivencia del 30-S

El día de la sublevación policial se hizo explotar una bomba lacrimógena cerca del rostro del Primer

Mandatario.

Siete horas fueron suficientes para que el presidente Rafael Correa narrara los hechos del 30-S e

informara de éstos al fiscal que investiga el presunto delito de tentativa de asesinato, Luis Enríquez.

En esa declaración, sin embargo, no se dice una sola palabra sobre quién ordenó su liberación

desde el Hospital de la Policía.

En su informe, que fue recibido por la Fiscalía el pasado 25 de octubre de 2010, el Presidente hace

una descripción cronológica de los hechos ocurridos el 30-S y comienza por señalar que acudió al

Regimiento Quito, para solucionar una protesta laboral que respondía a la falta de información

respecto del alcance de la Ley de Servicio Público.

Agrega que jamás imaginó que lo que se fraguaba era un golpe de Estado y que posteriormente

derivó en un atentado contra su vida. Correa aclaró que jamás llegó al Regimiento Quito

predispuesto a confrontar con los manifestantes.

En este informe, el Primer Mandatario narra además que a las 16:30, la presidenta encargada de la

Asamblea Nacional, Irina Cabezas, les informó telefónicamente que los asambleístas de la

oposición, en complicidad con los policías insubordinados, exigían la amnistía para estos últimos, la

devolución al Ejecutivo del Código de Planificación y Finanzas Públicas y la revocatoria de la Ley

de Servicio Público, como única salida para dejar al Presidente en libertad.

El Primer Mandatario también narra las agresiones físicas y verbales de las que fue objeto, de su

dolencia de la rodilla derecha y los 25 puntos de sutura, con quién se reunió (sargento Ramón

Mesías) y qué conversaron, y de por qué tuvo que ser ingresado al Hospital de la Policía, en el que

luego de pasadas las horas develaron lo que efectivamente buscaban: terminar con el gobierno

legítimamente constituido, sea a través de un golpe de Estado o de la comisión de un magnicidio,

cosa que difiere mucho de una simple protesta por reivindicaciones laborales.