El presidente Rafael Correa lucía un terno azul, camisa blanca y una corbata celeste. Muy pocas veces usa esta última prenda; generalmente viste camisas con bordados.El primer punto fue la Prefectura del Guayas, para asistir a la sesión solemne por los 190 años de la provincia. Llegó a las 10:15. Pero para las 09:30 militares estaban en los exteriores de la Prefectura y personal de la Presidencia encargado del ingreso a la institución pedía identificación a todos.
En el acto, Correa estaba sentado en la silla principal. A su derecha, el prefecto Jimmy Jairala y el segundo vicepresidente de la Asamblea, Rolando Panchana; y a su izquierda, el gobernador Roberto Cuero y la viceprefecta Luzmila Nicolalde.
Y en cada uno de los extremos de la mesa, parados, cuatro hombres enternados de la seguridad del Primer Mandatario. Entre ellos estaba Mario Latorre, quien acompañó a Correa durante las casi 12 horas que estuvo en el Hospital de la Policía el día de la sublevación de los uniformados. Para el Jefe de Estado, fue un secuestro.
Los hechos de ese día siguieron en su discurso. En su intervención insistió en que fue un intento de golpe de Estado de grupos opositores y advirtió que “seguirán conspirando”.
Con firme voz pero sin exaltarse, calificó de “ridículos” a los asambleístas de oposición que “nos van a juzgar por crímenes de guerra”. Luego, en tono desafiante, dijo: “Vamos a la Corte Penal de Roma para que nuevamente queden en ridículo, vamos a las Naciones Unidas si eso les quita su alma de vasallos... Si quieren venir las Naciones Unidas, que vengan, bienvenidos, a constatar los supuestos abusos a los derechos humanos”.
La oposición pidió a la Alta Comisaría de la ONU para los Derechos Humanos investigar los hechos del 30 de septiembre, cuando policías reclamaron por recortes de beneficios en la Ley de Servicio Público. Pero Correa indicó que “nuevamente quedarán en ridículo”.
Correa dejaba la Prefectura pasadas las 11:30. Los cuatro hombres que estaban cerca de él en la sesión lo rodearon hasta que se embarcara en su Nissan Patrol y una vez en camino ellos rápidamente subieron a cuatro automóviles. Dos iban delante del automor del Presidente y dos atrás.
La caravana estaba complementada con dos camionetas de militares, una ambulancia de la Fuerza Aérea en la que viajaban dos militares más, una decena de motocicletas de la Comisión de Tránsito del Guayas y una camioneta de la misma institución.
En un inicio una camioneta de la Policía acompañaba la caravana, pero luego no.
Pasadas las 12:00 llegó a la maternidad del Guasmo Matilde Hidalgo de Procel para su inauguración. Ahí tuvo tarima propia y barras. “Correa, amigo, el pueblo está contigo”, coreaban en su mayoría mujeres que estaban sentadas en sillas de plástico.
Insistió en su denuncia de golpe de Estado, pero a la vez que “lo mejor aún está por venir”. Cerca de él, nuevamente, Latorre. En la terraza del edificio, dos militares armados. Y habían dos más en igual número de casas con balcones que estaban frente a la maternidad.
Correa continuaba y aprovechó para nuevamente atacar al alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot. Aunque no lo mencionó, indicó que “autoridades locales solo quieren embellecer con maquillajes el rostro externo de la ciudad” y calificó al Guasmo como un “símbolo lacerante del olvido”. Sus expresiones provocan aplausos.
Casi a las 14:00 llegó al Centro Integrado de Servicios de la Corporación Nacional de Telecomunicaciones de la calle 25 de Julio. Su visita era para constar la remodelación del edificio.
Y a las 14:50 llegó a las oficinas del Registro Civil del Sur, cuyas instalaciones fueron remodeladas y entregadas el pasado 9 de octubre. Dirigentes de la parroquia Ximena animaban a Correa con consignas. “Esto no es pagado, Correa se lo ha ganado”, decían a viva voz.