En una bochornosa mañana de verano, Sunao Tsuboi, de 20 años, se dirigía a la universidad. De repente, ante sus ojos, un destello y, un momento después, la violencia de una explosión lo empuja al suelo. Son las 8:15. “Me encontré de nuevo sobre la acera, quemado de pies a cabeza y envuelto en humo”, recuerda hoy a sus 85 años. “Pensé que iba a morir”.Tras varias horas de vuelo desde la pequeña isla de Tinian, a 2 500 km al sureste de Japón, el bombardero estadounidense Enola Gay lanzó la primera bomba atómica en la historia con el inocente nombre de Little Boy a 580 metros del hospital Shima, en pleno centro de Hiroshima. La bomba atómica fue preparada para detonar a 560 metros de altura sobre la ciudad.
El destello provocado convirtió la ciudad en un infierno: en segundos, una fuerte ola de presión y calor de al menos 4 000 grados convirtió la ciudad en un infierno en llamas. De los 350 000 habitantes, más de 70 000 murieron al instante y hasta finales de diciembre de 1945 la cifra de víctimas ascendía a 140 000.
Tres días después, los estadounidenses lanzaban la segunda bomba atómica sobre Nagasaki. Hasta diciembre de 1945 murieron allí unas 70 000 personas. Sin embargo, la verdadera cifra nunca se supo, debido a las víctimas que murieron después por las consecuencias de la radiación.
Estados Unidos debería reconocer que “cometió un gran error”, considera Tokiko Kato. La cantante asumió el papel de narradora en un film documental sobre un japonés que sobrevive a ambos lanzamientos.
En agosto de 1945 la Segunda Guerra Mundial estaba prácticamente acabada. Con Alemania e Italia derrotadas, solo quedaba Japón. Ante esta situación, Estados Unidos decidió lanzar un ataque nuclear para forzar la rendición nipona y así no tener que llevar adelante el proyecto de invasión por mar.
La historia de la bomba atómica en Japón se escribió inevitablemente en ese país desde la perspectiva de las víctimas. El hecho de que Hiroshima fuera un ‘castigo justo’ por la guerra agresiva de Japón, lo aceptan solo unos pocos. Japón cometió injusticias, pero las bombas atómicas fueron un crimen contra civiles inocentes. En realidad, según historiadores, militarmente no eran necesarias.
El emperador japonés Hirohito no anunció la rendición de Japón por radio hasta el 15 de agosto de 1945, pero el país ya se encontraba muy afectado y se habría rendido antes o después, según muchos historiadores.
Sunao Tsuboi no se enteró de la capitulación de Japón, porque estuvo 40 días inconsciente. “Cuando escuché la noticia no lo podía creer”. Hoy el japonés trabaja por la abolición de las armas atómicas. Como otros supervivientes de la catástrofe, Tsuboi no se cansa de contar en conferencias en Japón, Estados Unidos y otros países sus horribles vivencias, para mantener vivo el recuerdo de lo acontecido.
La fuerza que posee la bomba se ve reflejada en una escultura de Hiroshima que hoy puede contemplarse en la sede de las Naciones Unidas. El calor fue tan intenso que en el material del que estaba construida, piedra, se formaron burbujas.
Durante la batalla de Okinawa los japoneses lucharon por cada palmo de su país, 12 000 estadounidenses y más de 110 000 japoneses murieron solo ocho semanas antes de que terminara la guerra. Hoy Estados Unidos y Japón son aliados e incluso Moscú y Washington mantienen algo parecido a una amistad. En abril ambos Estados acordaron reducir el número de sus cabezas nucleares en los próximos siete años de 2 200 respectivamente a 1 550.
El destello provocado convirtió la ciudad en un infierno: en segundos, una fuerte ola de presión y calor de al menos 4 000 grados convirtió la ciudad en un infierno en llamas. De los 350 000 habitantes, más de 70 000 murieron al instante y hasta finales de diciembre de 1945 la cifra de víctimas ascendía a 140 000.
Tres días después, los estadounidenses lanzaban la segunda bomba atómica sobre Nagasaki. Hasta diciembre de 1945 murieron allí unas 70 000 personas. Sin embargo, la verdadera cifra nunca se supo, debido a las víctimas que murieron después por las consecuencias de la radiación.
Estados Unidos debería reconocer que “cometió un gran error”, considera Tokiko Kato. La cantante asumió el papel de narradora en un film documental sobre un japonés que sobrevive a ambos lanzamientos.
En agosto de 1945 la Segunda Guerra Mundial estaba prácticamente acabada. Con Alemania e Italia derrotadas, solo quedaba Japón. Ante esta situación, Estados Unidos decidió lanzar un ataque nuclear para forzar la rendición nipona y así no tener que llevar adelante el proyecto de invasión por mar.
La historia de la bomba atómica en Japón se escribió inevitablemente en ese país desde la perspectiva de las víctimas. El hecho de que Hiroshima fuera un ‘castigo justo’ por la guerra agresiva de Japón, lo aceptan solo unos pocos. Japón cometió injusticias, pero las bombas atómicas fueron un crimen contra civiles inocentes. En realidad, según historiadores, militarmente no eran necesarias.
El emperador japonés Hirohito no anunció la rendición de Japón por radio hasta el 15 de agosto de 1945, pero el país ya se encontraba muy afectado y se habría rendido antes o después, según muchos historiadores.
Sunao Tsuboi no se enteró de la capitulación de Japón, porque estuvo 40 días inconsciente. “Cuando escuché la noticia no lo podía creer”. Hoy el japonés trabaja por la abolición de las armas atómicas. Como otros supervivientes de la catástrofe, Tsuboi no se cansa de contar en conferencias en Japón, Estados Unidos y otros países sus horribles vivencias, para mantener vivo el recuerdo de lo acontecido.
La fuerza que posee la bomba se ve reflejada en una escultura de Hiroshima que hoy puede contemplarse en la sede de las Naciones Unidas. El calor fue tan intenso que en el material del que estaba construida, piedra, se formaron burbujas.
Durante la batalla de Okinawa los japoneses lucharon por cada palmo de su país, 12 000 estadounidenses y más de 110 000 japoneses murieron solo ocho semanas antes de que terminara la guerra. Hoy Estados Unidos y Japón son aliados e incluso Moscú y Washington mantienen algo parecido a una amistad. En abril ambos Estados acordaron reducir el número de sus cabezas nucleares en los próximos siete años de 2 200 respectivamente a 1 550.